De Vuvuzelas, espías, manos y dioses
Por Chico Tóxico
En un campo de juego no todo lo que pasa tiene que ver con el futbol. También puede afirmarse que el futbol no es solo lo que pasa en una cancha con el balón. Decir que es una representación moderna de la guerra es baladí, sostener que es una metonimia de la vida de cada país y, en el caso del mundial, de todo el orbe es tal vez una exageración. Soy exagerado. En lo que sigue encontrarán que incluso sobrepasa los asuntos humanos. El futbol es desbordante y siempre deja mucho que contar.
Cuatro temas por tratar sobre lo más importante del mundial. Como habitualmente sucede, lo significativo es lo que el escritor determina que sea, mi apuesta es que lo sea también para usted lector. Sin aspirar a escribir una crónica de lo “más" importante, espero sí que al final coincida conmigo en que lo que leyó no es nada más que futbol.
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Todos las oímos y las padecimos, hasta por televisión era estridente. El sonido, algunos discutirán si es música o no, con el que almacenaremos los recuerdos del mundial Sudáfrica 2010 es indudablemente el de las vuvuzelas. No se sabía si era el aliento a un equipo, la rechifla por una pifia o el solo hecho de estar en presencia de un espectáculo futbolístico que apareció por gotas. Era un sonido en todo caso único y permanente, los decibeles subieron a niveles incluso de riesgo para el oído. Además de la sordera potencial de los asistentes y de la conmoción de los televidentes, el sonido constante impidió que pudiéramos captar el ritmo del partido y de las jugadas a partir de los cánticos de los aficionados. Las vuvuzelas se tragaron las voces de todas las tribunas, por suerte un poco de particularidad quedó en los trajes y maquillajes de los asistentes.
En los despavoridos periodistas se escucharon calificativos desde “autóctonas, representativas, muestra de su cultura (¿por qué prohibirlas?), hasta excesivas, insufribles, insoportables (¡por favor apáguenlas!). Las vuvuzelas emiten un sonido de hasta 127 decibelios, calculan que la exposición prolongada a 85 decibelios puede causar un daño auditivo. Algunos jugadores, como Xabi Alonso de España, antes del mundial incluso llegaron a sugerir su prohibición. Para mitigar el daño y mantener el negocio con la empresa que las fabricaba terminaron vendiéndolas con tapones auditivos.
Los jugadores que participaron en la Copa Confederaciones en el 2009 allí mismo, le hicieron saber a la FIFA los serios inconvenientes técnicos; los periodistas, el entorpecimiento a su labor; y los médicos, los problemas de salud pública que podría generar. Pero Blatter con su acostumbrada “diplomacia” arguyó que hay otros espectáculos más ruidosos, y promocionó el instrumento como algo autóctono del país. Los sudafricanos se lo agradecieron, pues, decían: sin la vuvuzela el aficionado sudafricano pierde su esencia. Seguramente lo agradeció aun más el dueño de la compañía Masincedane Sport encargada de la distribución.
Las vuvuzelas fueron la nota de color, para ser cómicos; o si se prefiere la objetividad, la banda sonora del mundial. En una encuesta londinense a varios lingüistas del mundo quedó como la palabra más representativa del mundial[1]. Fue el mundial de las vuvuzelas. Atrás quedó el Waca Waca de la oportunista e insípida Shakira. La canción Waka Waka o Zangalewa, según la historia africana surgió espontáneamente de la imitación que hacían los niños de los militares que marchaban colonizando. Con el tiempo tuvo varias versiones y adaptaciones en todo el mundo, como la del grupo camerunés Golden Sound, quienes recibieron indemnización de parte de la Sony para saldar el evidente plagio. El video del tema de este grupo hizo de ella un canto de protesta, la canción se convirtió en una “crítica a los militares africanos que sirvieron a las fuerzas imperiales que aterrizaron en el continente para imponerse”[2]. Es apenas una ironía que haya sido convertida por los labios mercantiles de Shakira en la canción con la que supuestamente los africanos le dan la bienvenida al mundo.
Pero a la FIFA no le interesa la historia ni la tradición si no produce dinero, ¿por qué no contratar a un compositor e intérprete local para que plasme el sentir de su pueblo en una canción? No, sencillamente no vendería. Con que lo haga una Pop Star que asegura las ventas es suficiente. Shakira y Blatter hablaban de un mundial para África, para la integración y la unión del continente. ¿Cuántos africanos pudieron viajar a Sudáfrica y cuántos de ellos pudieron pagar una entrada? No es un mundial de Sudáfrica, sino de África entera, repetían en cada oportunidad; puro humo, baba y waka waka. Incluso lo que a algunos nos alegró en la ceremonia de clausura, ver a Mandela aparecer en el estadio, no fue más que una “presión extrema” de la FIFA, como lo reveló el mismo nieto a los medios internacionales[3]. El enriquecimiento no está por fuera del futbol, sin embargo no impide que en la cancha tenga lugar lo extraordinario.
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La eliminación de la superpotencia, Estados Unidos, no en soccer (como vulgarmente llaman al futbol en dicho país) sino en presencia militar y económica, quedó en manos de uno de los países más empobrecidos del mundo: Ghana. Que el débil le gane al fuerte siempre es la noticia, desde la Biblia hasta nuestros días. Los fanáticos dirán que eso solo pasa en el futbol, los escépticos que tal vez en la ficción, como en la del diminuto David que ha dado para tanta cuerda. Los negritos les ganaron a los gringos, debió ser el titular. Pero eso no es lo llamativo, o por lo menos no tanto. Lo fue el segundo gol con el que resolvieron el encuentro 2 por 1.
Ghana, el único representante de los africanos en segunda ronda. Enfrenta al país del tío Sam, de las comidas rápidas y… los espías. Lo que aconteció en dicho partido es un capítulo más de las historias de espías de la guerra fría. Un espía sabe que el menos pensado puede traicionarlo, su habilidad consiste en desconfiar, sin que se note, de todos los que se cruzan con él, incluso de los más cercanos. Después del 11 de septiembre la situación se agudizó: el sentido común manda a desconfiar de todos, no solo del que tiene turbante, en cualquier transeúnte puede estar un terrorista. Pues bien, eso fue lo que hicieron en la cancha, desconfiar.
El balón viene por aire del área de Ghana al último cuarto del campo de USA, corre el delantero africano, un fortachón defensa lo persigue por el lado derecho. Es mucho más fuerte que el tercermundista, entonces pone todo su cuerpo en la trayectoria del balón y saca de carrera hacia la izquierda al delantero negro, el suelo es su destino seguro. Cuando de la nada aparece otro defensa estadounidense, veloz y oportuno, y el cuerpo que iba hacia el suelo es soportado por el defensa que llega por el otro lado, ambas fuerzas se neutralizan, el delantero queda en pie de nuevo y, oh sorpresa, de frente al balón, solo tiene que tocarlo y adentro. Dos a uno y eliminado Estados Unidos ante la mirada atónita de Bill Clinton en la tribuna, quien minutos antes estuvo acompañado de Mick Jagger. (¡Keith!... te queremos.)
¿Qué hacía el defensa de la izquierda ahí, si el de la derecha lo tenía controlado? Desconfía siempre de todos, incluso de los más allegados, este principio que les permitió ganar la guerra fue su perdición en este partido. Son esa especie de compensaciones absurdas y a destiempo a las que nos acostumbró la historia. De seguro ambos eran espías, y espía contra espía, gana el contrario. Y los ghaneses empobrecidos se salvan por una ocasión de ser tragados por la gran ballena que todo lo quiere.
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El tercer suceso involucra también a Ghana, pero esta vez no contaron con la astucia de los norteamericanos. Salieron perjudicados en un capítulo que ellos nombraron como la Mano del diablo. Discrepo con los africanos, para mí fue la mano del hombre.
La mano en esencia es la falta más alevosa contra el futbol, juego que por definición se hace con el pie, pero que en la práctica deja de serlo ya que se juega y se anota “legalmente” con el muslo, la espinilla, la espalda, la nalga, el pecho, la rodilla, la frente, el hombro, en fin, menos con la mano. Y de manos hemos tenido varias. Empecemos con la de Henry, una que se regodea descaradamente en la pelota desde el antebrazo hasta el dedo medio con el que direcciona el pase para el gol de la clasificación al mundial. Desde ahí Francia entera cargó con el manto de la infamia, desfilaron por Sudáfrica con desgano convirtiendo su participación en algo peor de lo que ya era.
Luis Fabiano fue más osado, metió la mano dos veces en la misma jugada y terminó en un gol bien logrado. Pero esto no es nada, luego de la celebración, camino al centro de la cancha, el árbitro le explica al jugador brasilero que la pelota le dio fue en el pecho no en la mano. Magnífica la escena, un presagio de lo que sería la actuación de los árbitros en todo el mundial.
A Maradona lo alabaron por su gol con la mano en el partido del 86 ante Inglaterra, por su ingenio, su picardía para vencer a una superpotencia enemiga. Fue una mano furtiva, rápida, producto de la astucia, pero que a fin de cuentas Maradona tuvo que ocultar y fingir que había sido con la cabeza. Para resolver la aporía, quedó en la posteridad como la mano de Dios, Él fue el que metió el balón, no Maradona; el problema para los argentinos es que se creyeron que el dios era Maradona y que todos eran sus hijos; ahí van en su viacrucis.
En este mundial hubo otra mano, bueno fueron muchas, pero una que cambió el rumbó de un partido ya en el último instante y significó la clasificación a la semifinal. Pero esta fue todo un acto de reivindicación de la praxis bélica nietzscheana: ataca lo que triunfa. Es una mano que le propicia otra estocada a Dios, un renglón más que le sustraemos a su control y que asumimos los humanos. La era de la mano de Dios ha terminado, con la llegada de la mano del hombre.
Borbollón en el área, los ghaneses disparan, los uruguayos detienen, aguantan con todo, cabezazo fulminante y… Suarez, el delantero, el goleador del equipo hasta el momento, con sus dos manos, fuerte, decidido, a la luz, golpea la pelota y protege su arco en el último minuto del segundo tiempo suplementario. Penalti y expulsión, mira al árbitro y le alcanza para poner cara de sorprendido, antes de ir a reventar en llanto. La siguiente imagen de él es corriendo y gritando porque Ghana, sí, los africanos, los de los hechizos y ensalmos, sí, votaron el penalti, ché. Metió las manos como una mujer, lo asumió como hombre y lo celebró como niño. Fue un momento maravilloso no solo para los uruguayos, principalmente para los nietzscheanos.
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Luego de habernos regalado Suarez esa linda muestra de lo innecesario y peligroso de atribuirle intensiones al destino, los medios masivos nos meten en nuestro amedrantado juicio la certeza de que es posible saberlo todo, y que ellos (600 medios televisivos en la última función) lo han descubierto: Paul, el pulpo alemán. A falta de estrellas siderales en la cancha, el mundial 2010 nos dejó a un molusco rescatado de las aguas inglesas y residente en Alemania. A pesar de no ser más que una nota inflada por la prensa que pronto se olvidará, es casi inevitable dedicarle unas líneas al pulpo virgen pitonisa. Quien acertó los ocho partidos que pronosticó a su manera, con sus nueve cerebros.
La final del domingo pasado no fue un partido más, era en cierto sentido la reedición de la lucha ancestral entre el determinismo y el indeterminismo. El todo está decidido desde siempre versus todo puede pasar. Había un campeón anticipado, el pulpo llevaba siete aciertos en línea no podía fallar. Los holandeses en la tribuna, asegura la AFP, exhibían esperanzados una pancarta: “Pulpo Paul, esta noche te has equivocado”. El pulpo acierta, el pulpo no falla, Él lo sabe todo. Algunos optimistas ya estaban prestos a proponerlo para hacer pronósticos electorales, económicos, meteorológicos y hasta maritales.
Con la mano de Suarez nos deshicimos de la mano de Dios, ahora nos quieren meter un tentáculo bajo la mesa. Y es que el hombre común no soporta la idea de vivir sin dios. Que lo usen, sus guardianes siempre han tenido las arcas llenas. Pero que no vengan a hacernos creer que es indispensable. Nietzsche lo anunció: dios puede ser aún más peligroso después de muerto.
Por lo menos este no es un becerro de oro, o un elefante con múltiples brazos, hemos progresado por lo menos en esto. Este es un provocativo pulpo que mueve tiernamente sus tentáculos mientras inventa el mundo de los humanos. Suena poético el habitar un mundo determinado por un pulpo, tendrían que aparecer otro tipo de iconoclastas. La ventaja de tener un nuevo dios pulpo es que esto alentaría el resurgir del politeísmo. Pero no, se trata del mismo monoteísmo imperante: el dinero. El sofisma del pulpo, no discutiré sus dotes o su inteligencia anticipatoria, es que independiente de sus medios para adivinar su elección no es más que un desafío a una apuesta, el pulpo (o quien sea) profetisa en directo para todo el mundo e inmediatamente hay quien apueste en su contra o a favor. El show, además de aumentar el rating de los medios, no es más que un impulso para las casas de apuestas, parte importante de la parafernalia del futbol. En el cual no solo se ganan copas y se pierden partidos, como bien lo comprobó Andrés Escobar.
Tal vez lo único beneficioso de que aparezca dios de nuevo sobre la mesa en forma de molusco sabio es que provoca degustarlo con cebolla y aceite de oliva. Parece paradójico pero no lo es, es una gallegada: el pulpo se fue con quienes con gusto y afán lo devorarían de inmediato. Una sentencia que bien pudo ser escrita por Cioran es un buen epílogo a esta historia moluscoteológica: dios fue creado para ser ajusticiado en su momento de gloria. Buen apetito.
[1] http://www.google.com/hostednews/afp/article/ALeqM5h7DYjJ77De_l7IxcEbXpL86rU4YQ
