George Grosz. Eclipse of Sun. 1926. Oil on canvas. 210 x 184 cm. Heckscher Museum, Huntington, NY, USA .
"El presidente del globo terrestre está en el retrete Dadá" [firmado por el Consejo Dadá por la Revolución Mundial: Tzara, Grosz, Janco, Arp, Jung...]
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viernes, 25 de junio de 2010

9 millones de Santos

Por Ojitos de clavo

Me hubiese gustado que el triunfo electoral del domingo pasado fuera de los ciudadanos y no de un ex presidente. Al menos así lo presentó el mandatario electo de Colombia Juan Manuel Santos, quien en medio del confeti y los aplausos sostenidos celebró el triunfo de su llamado proyecto de unidad nacional. El resultado no es inesperado, “estaba cantado” tal como se anuncian en el argot futbolístico las victorias de camerino. De igual forma, el desequilibrio en el resultado electoral frente al del contendor: 9.004.221 votos a favor del ganador. Lo que sí debió haber despertado no sólo sorpresa, sino desasosiego frente a la “cita de los colombianos con la democracia” (una cita a ciegas, no les quepa la menor duda) fue el todavía alto nivel de abstención electoral que en esta ocasión llegó al 55% del censo electoral: Ese porcentaje se fue a cumplir otra cita o decidieron no ir intuyendo que el pretendiente era más bien feo. Atinaron. El caso es que aquellos nueve millones que decidieron atender la invitación del Country Club le otorgaron al gobernante electo la más alta votación que un presidente haya obtenido en toda la historia de la república de Colombia: ¡Carachas que favorzaso¡ Cada uno de los hogares colombianos que votaron por Juan Manuel tendrá desde hoy su palo de golf. Eso ya es un descanso, una excelente medida para mitigar la pobreza.

El hecho es que la dedicatoria del “positivo” al presidente Uribe es totalmente merecida: Sí, Santos tiene razón, es un triunfo de este gobierno que intervino demasiado en la contienda electoral; de ahí que me hubiese gustado que mayoritariamente fuera un triunfo de la ciudadanía, y no porque prefiriera la propuesta del contendor que pretendía algo semejante (finalmente es un triunfo de la ciudadanía, pero no necesariamente de un tipo de ciudadano conciente de la historia y de los avatares políticos del presente), sino porque en una democracia de 40 millones de ciudadanos, más de la mitad de ellos habilitados para votar, el que la victoria sea atribuida a sólo uno de ellos, suena autocrático. ¿Por qué tendría que ser la victoria de un candidato el triunfo de un -dentro de poco- expresidente? ¿Acaso el proceso electoral como mecanismo que permite la itinerancia en el ejercicio del poder no apunta a lo contrario?

Me dirán que en todo régimen democrático hay lugar para la reelección de propuestas políticas que garantizan la continuidad, pero el asunto es diferente tratándose de un triunfo que se atribuye a un actor que, apelando a la normativa electoral, debió mostrarse neutral frente al ejercicio democrático que relevaría su mandato (la verdad es que el presidente obró como si se tratase de su reelección): La expresión “Este es un logro suyo, presidente Uribe” da cuenta de cómo los comicios presidenciales que dan por ganador a Juan Manuel Santos tienen un dueño constitucionalmente no habilitado para ello: ¡Gracias señor presidente por los voticos que me ayudó a recoger desde Palacio¡ El argumento no pretende impugnar nada, no soy tan ingenuo, sólo relieva una dimensión ética que en medio de la política salvaje que practicamos en este país suele reducirse a un asunto menor. Tienen razón los medios, lo prueban las estadísticas, la de este fin de semana fue la votación más alta, pero también, agregamos, una de las más intervenidas y “apoyadas” por el gobierno de turno: eso no sucedió, en la misma proporción, en los comicios presidenciales pre-uribe, es un vicio uribista, el cuarto “huevito”.

No estoy celoso de que Juan Manuel Santos no hubiese dedicado su triunfo a la tía Loli o a Pepita Mendieta, cada quien es libre de dedicar sus victorias a quien quiera, la gratitud para nada es censurable, pero en las circunstancias actuales, la venia presidencial revela varios asuntos, entre ellos la debilidad de la democracia colombiana al hacer visible su dependencia de un líder autoritario que nos vendió la idea de que sin él y sus políticas, también autoritarias, caeríamos fácilmente en las fauces del enemigo; segundo, el oportunismo de la clase política tradicional (élite política y económica en este caso) que confirma la idea del gobierno del pueblo sin el pueblo, propio de las democracias sumisas; tercero, la minoría de edad del electorado y su obediencia irrestricta a la maquinaría política, evidenciando una vez más que para el electorado colombiano: “el dotor es el que manda”, “él es el que sabe de eso, nosotros no…”.

Señor Santos, si le entendí su dedicatoria, sus 9 millones de votos fueron votos para el presidente Uribe, sí es así, entonces ¿qué hace ahí, celebrando triunfos ajenos? o, ¿debemos interpretar que su elección es el producto de 9 millones de colombianos que uno sobre otro (¿recuerdan el frontispicio que Abraham Bosse diseñó para el Leviathan de Hobbes?) cual brazos, cabeza y piernas del presidente Uribe, votaron “en bloque” por usted? Sí es así, ninguna de las dos opciones le favorece, en los dos casos usted es lo que llamamos en el habla popular un “segundón”, si lo quiere “una virreina”, una especie de “Juanchito Santos” esta vez con una copia de la banda presidencial cuyo original estará colgado en la cabecera de la cama de Uribe quien desde el Ubérrimo querrá gobernar en chanclas y sin la necesidad de sudar tanto el sombrero aguadeño.

No es que le confiera más poder del que ya le atribuyen la mayoría de los colombianos al mandatario saliente, sino que atendiendo a la forma en que el nuevo presidente celebra su triunfo, aquel se sentirá en todo el derecho de seguir gobernando desde el Ubérrimo. De ahí que el de este fin de semana, efectivamente sea un logro de Uribe: hizo bien como jefe de debate ad honorem de Juan Manuel Santos, cosa que este país nunca condenó como infracción al procedimiento electoral sino que alabó como legítima defensa de su gobierno. Es mucho el afán de poder (¿le durará con este Santo a cuestas?), es mucho el autoritarismo del gobierno saliente (una señal clara de la personalidad autoritaria es que confunde el poder político como potestad delegada y transitoria, con el poder como un atributo personal) y, también, es mucho el oportunismo de Santos quien incapaz de inventar una nueva consigna para su mandato (se limitó a transformar el infinitivo del verbo trabajar, a su voz sustantiva: trabajo, trabajo y más trabajo) se verá ahora en la tarea de “cranearse” un equivalente de “la carnita y los huesitos”, del “estoy cargado de tigre” y del manido “si lo veo, le doy en la cara marica”. Por ahora le sugiero una variante para que exalte su cólera en los discursos: “Estoy cargado de botox”.