George Grosz. Eclipse of Sun. 1926. Oil on canvas. 210 x 184 cm. Heckscher Museum, Huntington, NY, USA .
"El presidente del globo terrestre está en el retrete Dadá" [firmado por el Consejo Dadá por la Revolución Mundial: Tzara, Grosz, Janco, Arp, Jung...]
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viernes, 4 de junio de 2010

Sumisión en la granja

Por Ojitos de Clavo

Lo que sucede por estos días en Colombia nos demuestra que la realidad de nuestro país tiene mucho de novela Orwelliana. Tanto, que nos lleva al otro extremo: de la rebelión a la sumisión en la granja. Porque, no nos digamos mentiras, esos somos: una legión de sumisos. Nos gusta esa palabra y, de paso, ese trato. Parodiando las metáforas agrícolas del presidente de la república: un montón de “gallinas” que responden sin reparo a la tarea infructuosa de empollar unos “huevitos” que, dicho por uno de los candidatos presidenciales, por cierto ya excluido de la contienda, se quebraron desde el principio. Y en esas circunstancias no falta el que busque ser la gallina mayor, pues hay que ver al que pretende serlo, y que quede claro que no es un gallo: de ceja y cresta depilada (la futura primera gallina de la nación) “empapada” en botox, diciéndole al rey-pastor con su tartamudeo: yo le empollo sus huevos, señor presidente. Actitud que describe muy bien al candidato: siempre ha empollado huevos puestos por otro. Y ese otro ha sido cualquiera, del color que fuese, con tal de tener un galpón dónde afincarse.

Lo cierto es que, entre otras cosas, la metáfora ubérrima del presidente Uribe, quiéranlo o no, logró incidir en el miedo colectivo que llevó al 46% de la votación que el candidato Juan Manuel Santos obtuvo en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del pasado domingo. Esa votación, interpretada por los expertos e inexpertos como votos a la seguridad democrática, es otra muestra más de cómo la sociedad colombiana es presa de un miedo tan abrumador que lleva sin reparos, por ejemplo, a adoptar la tesis del mal menor: no importan los crímenes de Estado (los mal llamados falsos positivos) con tal de que las fuerzas armadas acaben con la subversión (todos en coro: es un mal menor); no importa que agencias del Estado espíen a los ciudadanos y pongan en riesgo sus vidas, con tal de que podamos seguirle la pista a esos “malechores” que al no simpatizar con este gobierno, se convierten automáticamente en terroristas (todos en coro: es un mal menor); no importa que los más ricos del país se queden con los subsidios económicos al agro, con tal de que esa plata no se la “malgasten” y se la “parrandeen” los más pobres de la nación (todos en coro: es un mal menor).

Y digo que es el miedo, propio de un Estado amparado y resguardado en la seguridad, negándome a creer, como otros, que es la ignorancia de la gente, o la falta de conciencia provocada por el hambre y la extrema pobreza, las que llevan a elegir a un gobernante adoptando ese criterio. Es cierto, hay miles de personas en Colombia que se mueren de hambre, y de allí que sea una estrategia de supervivencia cambiar un voto por un almuerzo; no obstante, la verdadera conducta censurable es la de aquellos que se aprovechan de ello. Así debería exigirlo la ciudadanía. Lo paradójico en nuestro entorno social, es que aquellos a quienes se debería censurar, son a quienes otorgamos la función de representarnos: Es un círculo vicioso que sirve a unos y otros: al político profesional para tener a quién arrancarle los votos; al electorado para tener de quién denigrar, a quien injuriar luego de que el almuerzo electoral se convierta en una vigilia (como las que se hacían en la Semana Santa) de todo el año.

Que eso sea una constante en la historia de nuestro país, no es extraño; lo particular es que se evidencie que nos gusta hacerlo de esa manera, que cohonestamos con lo que a diario criticamos, pues lo que nos demuestra la primera vuelta electoral del pasado fin de semana es que nuestro gusto por la sumisión (o para decirlo con Erich Fromm “nuestro miedo a la libertad”) nos obliga a fabricar con esmero al tirano de turno: del rey-pastor que guía al rebaño o el presidente-capataz que fustiga las reces, a la gallinita con los huevitos que hay que resguardar del lobo feroz (el que lo veamos tan feroz, hace parte del cuento).

Y es que las coincidencias de nuestra realidad con la novela Orwelliana son tantas que podríamos nutrir la historia del miedo y el control absoluto propio de 1984 con la realidad invertida de Rebelión en la granja: Napoleón-Santos una gallina disfrazada de cerdo instala en la nación la orden diaria del minuto de odio. Un gran zoológico lo acompaña (la metáfora no aplica para el actual Ministro de la política, su rostro es imposible de metaforizar) luego de ello, a empollar, a seguir con la cotidianidad del gallinero: Siéntese cada uno sobre su huevo, si está quebrado no importa, recuerde que Confianza inversionista, Cohesión social y Seguridad democrática, los nombres de cada huevito se fusionarán al nacer en la gallina transgénica de la prosperidad democrática. “Prosperidad a debe”, evocando la frase que enunciara López Pumarejo, en los años 20, a propósito de los abusos del gobierno de turno frente al crédito externo. Frase que, a pesar de su predominante connotación económica, no suena fuera de contexto si tenemos en cuenta que fue otro Santos (hablo de Eduardo Santos Montejo) uno de los artífices del declive de la Revolución en Marcha de López Pumarejo, a quien en las páginas del El Tiempo tachase de comunista. No extrañemos, por tanto, que el posible gobierno de este otro Santos sea llamado también el de la “Gran Pausa”.

No es raro, entonces, que en una nación atemorizada y polarizada como la que se ha construido durante estos 8 años (que ya se ven mínimo como 16), la tan anhelada transición política se sienta demasiado lejos. Lo peor es que son demasiados los males que nos acompañan y un gobierno como el que se perfila no creo que logre combatirlos: Un sector de la ciudadanía sumiso y atemorizado, otro tanto oportunista frente a la posibilidad de elegir un gobierno tolerante con la corrupción y deshonesto frente a los principios de la constitución; una educación pública amenazada por la ausencia de recursos, la salud en crisis y el desempleo en ascenso; de otro lado, un aumento de la victimización y la no resolución, aún, de los grandes problemas de la población desplazada; y la lista sigue.

Por tanto creo que la mejor respuesta a esta parodia Orwelliana, ya que la mayoría del país electoral así parece quererlo, es disponernos a adoptar el modo de vida de la granja: entre “huevitos y huevo*es”. Cosa que al parecer se ratificará el 20 de junio: cuando la gallinita abandone el Ubérrimo y se vaya a gobernar desde el Country Club. Y allá sí que abunda la gallinaza.