Por Ojitos de clavo
En medio del fragor y la puja politiquera (ya cerrada al parecer) de esta semana preelectoral un nuevo mote patrioterista se ha impuesto como caballito de batalla: En Colombia todos somos héroes. ¿Demasiados héroes? Pregunto, parodiando, sin ningún interés, el título de una obra literaria de la escritora colombiana Laura Restrepo (Lo he puesto en interrogante para ahorrarme la aparente toma de postura). La frase no es nueva si tenemos en cuenta que meses atrás una marca de cerveza adoptó un slogan similar para hacer más rentable su producto: Todo colombiano merece una….Todo héroe merece una... Claro, les entendí: sólo una tremenda borrachera puede explicar cómo 6 millones de colombianos votaron por la nueva gallina transgénica del uribismo (por poco tiempo uribista, ya llegará la era Santa, cargar el huevito es sólo un escalón). El caso es que atendiendo al slogan de la cervecera que realza mi doble condición de héroe y borracho, la estrategia politiquera me ha impelido ahora a sentirme una clase de héroe que según la opción política que escoja: la primera me ofrece una conversión en héroe explotando la imagen del ciudadano-soldado (Más Camaleón que pieza de ajedrez), la segunda promete lo mismo pero bajo la estampa del ciudadano-elector (verde pero no ya por la ola, sino por el mareo que inspira, al menos en los últimos debates televisados, el candidato surfista). Vaya encrucijada: Entre el verde de los camuflados militares y el verde político-ambiental.
No obstante, la idea de adoptar la condición o el estatus de héroe bajo las condiciones que ofrece el contexto social y político colombiano del presente, amerita analizarse con un poco más de seriedad. Recuerdo años atrás un viaje por las carreteras colombianas en las que en varias ocasiones me topé con una inmensa valla publicitaria en la que se leía: Somos un ejército de 40 millones. La consigna si bien no aclaraba qué tipo de ejército éramos (hay al menos tres divisiones en todo ejército regular: una infantería, una fuerza aérea y una marina de guerra) me ayudó a entender con facilidad la forma en que se organiza esta sociedad-ejército colombiana: la infantería, llámese si quiere “carne de cañón”, estaría integrada por todos aquellos que bajo el sentimiento chovinista del amor a la patria se erigen y sienten verdaderos soldados (aquel que no se sienta tal, iniciará su periplo como apátrida); en este sentido, todos seríamos infantes, listos para usar nuestras armas contra el enemigo, y de paso, para morir por ésta ¡mi patria querida!; la fuerza aérea, otra rama de este glorioso ejército, no me queda la menor duda, estaría a cargo de la cantidad de “aviones” (de una gama de larga data) que viven en Colombia: esos que planean sobre la presa, que ante la menor oportunidad “meten el gol” (de ahí que les convenga un gobierno que tolere la corrupción o que la reduzca a sus “justas proporciones” como lo enunciase un viejo patriarca de la política colombiana), en pocas palabras, aquellos que, como los gallinazos, se parecen a lo que comen. La marina de guerra, lo dejo a la libre inventiva del improbable lector de estas líneas. Les doy más bien otro dato: Toda esta copiosa infantería necesita buenos delatores, así que unos cuantos de esta sociedad-ejército cultivarán su heroísmo como “informantes de la patria”: Esta vía aparte de honorífica, resulta rentable: Porque “En Colombia los sapos sí existen”. La política de recompensas del gobierno Uribe se ha encargado de demostrarlo.
El hecho entonces es que las múltiples ofertas de cómo ser un héroe en Colombia confunden, para no decir que se tornan incompatibles: de borracho a soldado. Escojan. Pero no olviden que entre dos opciones, por lo regular resulta una tercera (ese “tercer excluido” del que hacen alarde los expertos de la psique): aquella que por estos días ofrece la otrora ola verde (no miento, presten atención a uno de sus más recientes spots publicitarios): la del pueblo unido que entusiasmado decide salir a votar por su propuesta: el héroe-elector (¡salve usted la patria!) se nos muestra ahora como antítesis del héroe-soldado: un punto a favor le otorgo a la segunda propuesta: este tipo de héroe no necesariamente está “artillado”, empero, plantea el mismo inconveniente de la primera opción: pretende demasiados héroes; no obstante, apelando a las cifras del censo electoral, a la larga tradición abstencionista y a la cantidad de electores que prefieren verse como soldados, los héroes de este cuño resultan siendo menos.
Confieso que me alaga la oferta del partido verde de conferirme la orden de héroe al votar por su candidato (¿habría en el partido verde una condecoración equivalente a las del mundo castrense? ¿un girasol ciego, tal vez?), pero no me agrada esa condición, no me sienta, no es de mi gusto. Además no veo mérito alguno en ser un “héroe de las urnas”, sería un logro menor, un acto de domingo, como ir a misa o a un paseo de olla. La heroicidad como la Odiseo, el gran héroe homérico, no es políticamente correcta, no suele ser tan calma, tan domesticada, y a su vez no cohonesta con la “severa vigilancia”: No me veo, señor Mockus, en una nación de héroes estrictamente vigilados, inyectados de culpa cada vez que incurrimos en una falta ciudadana (esas son comunes y no tienen por qué castigarse apelando a la culpa). No me imagino una ciudad como Medellín llena de héroes domésticos, una especie de “Cazapichurrias” como nuestro único superhéroe local (Los medellinenses saben del Cazapichurrias, para los que no, les cuento: nuestro héroe es un clon del SuperMockus-alcalde que recorre las calles de la ciudad en compañía de las cámaras del canal local dando lecciones de cultura ciudadana).
No niego el valor de la cultura ciudadana, es mejor opción que la cultura del miedo promovida por otros: prefiero al Cazapichurrias que al Avión-caza; pero no pueden hacernos creer que son las únicas opciones (Tampoco interpreten esta afirmación como una especie de evocación nostálgica de Noemí Sanín, portadora de un slogan similar: ahí nunca hubo una opción). Reitero, que no creo en la necesidad de tantos héroes, no son necesarios: el tener tantos, por una regla lógica, nos condena a tener ninguno. Prefiero una nación sin héroes a una que pretende tenerlos como ejército o como vigías. Para aquellos que electoralmente pensamos mas o menos igual, pareciera que el voto en blanco es una opción: al menos frente al verde y al ahora policromático partido de la Unidad, el blanco, (no confundir con el trasero de Mockus) se convierte en un referente alternativo y simbólico para los que añoramos tiempos de paz.
